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while all the vultures feed

ellos no estarán para verte mañana.

domingo, 28 de octubre de 2012

Su favorito es el color rojo, es el rojo, respondiendo en un hilo de voz que queda en el escaso aire compartido. No lo sabe hasta ahora, hasta que él le pregunta con los ojos cerrados tratando de crear ambiente en la habitación que comparten; afuera, en cambio, el horizonte es rojo. También lo fueron la sangre de sus padres y del perro, la sangre de él tirada en el piso de aquella estación vacía, su propio rojo cayendo al piso tras cortar con precisión médica las venas de su mano derecha, una solución temporal para un problema permanente. La primera vez que presionó el gatillo fue un alivio, la segunda una esperanza, la tercera una decisión y la cuarta una victoria. También le gusta susurrar en su oído –Dame la mano- para mostrarle las más de cien veces que prometió nunca más sentirse lo suficientemente humana para permitirse llorar, por él, por mi y él no hace nada más que desviar la mirada hacia el mar. Las llagas duelen, escuecen bajo el vendaje del hospital que lleva más de una semana sin ser cambiado, y sin querer, las yemas de sus dedos van recorriendo la espalda descubierta que lleva así muchas horas. Sin esperarlo, él aprieta con más rabia su muslo más próximo a su cuerpo, y con la otra mano va trazando círculos hasta el vientre. La primera vez había sido de la misma manera: rápida, distraída, dura. Siente cada movimiento como un terremoto en su interior, en donde las barreras de su alma abierta y cortada, sangra el rojo de las consecuencias de nacer por fin, tras años de vivir en un mundo que sentía tan ajeno, demasiado aburrido y poco, asquerosamente irrelevante. Crecer dentro de sus ojos negros, llenos de inseguridad porque la conoce, la ha visto ahora y cientos de veces antes. ¿Y qué significan esas palabras llenas de mentiras, de promesas que ninguno puede cumplir? Ella es una asesina; él es un prófugo de la justicia. Traicionado. Infectado de la ponzoña que siempre había residido dentro pero que nunca antes, jamás, había querido aceptar. Está adentro, en un rincón de su mente, entre los cuerpos juntos y el compás del viento ululando en una playa de la costa pacífica; –Mírame, te necesito- él hace como que no le ha escuchado, apartándose de ella con un ademán un tanto violento, otro poco desesperado. La ventana está abierta y el mar ya no está tranquilo, quiero ser parte de ti, responde el eco que ya no es ella
que asesinó a tantas personas porque quería, sino la mujer que le estaba entregando su nueva humanidad.
-Voy a vomitar.

Publicado por Palo. en 18:18 0 comentarios  

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